No es la primera vez que, durante una reunión, una parte de los participantes exigen a los demás que utilicen la lengua castellana para expresarse aludiendo a la educación, el respeto y la tolerancia. Esto ocurre incluso siendo una minoría los castellano-parlantes que asisten al acto y una amplia mayoría los que, sin hablar el castellano, son capaces de entenderlo perfectamente.
Tampoco es extraño ver que en el caso contrario, es decir, cuando la mayoría de los participantes es de habla castellana se aluda al principio democrático “la mayoría es la que manda” como razón principal e ineludible para que la castellana sea la lengua utilizada en dicha reunión.
Se que a algunos les parecerá que estoy exagerando y que lo que he comentado es ciencia ficción, pero si prestamos un poco más de atención a nuestro alrededor y analizamos ciertos comportamientos de nuestros congéneres, nos daremos cuenta de que este tipo de situaciones son habituales en nuestra vida cotidiana. Mucha gente nos pide que les hablemos en castellano porque el valenciano no lo entienden.
Toda esta reflexión viene por la desazón que me produjo la última asamblea del AMPA a la que asistí el pasado 24 de septiembre. En ella se produjo una acalorada discusión que se desencadenó por una pregunta realizada (en mi apreciación particular), con un tono desafortunadamente desconsiderado e insolente, y por una contestación de un miembro de la junta que, sinceramente creo, fue interpretada erróneamente. Y digo interpretada erróneamente, porque en todo momento tuve la certeza de que el ofrecimiento a explicar lo acontecido en la reunión a cualquier persona que lo solicitara era sincero.
Por alusiones
Fruto del acaloramiento de la discusión salieron algunos comentarios que sin querer darles mucha transcendencia, no por ello quisiera pasarlos por alto sin realizar sobre ellos algún comentario.
Comparar el comportamiento de la junta como una dictadura esta fuera de lugar y más si no obviamos que el simple hecho de poder expresar nuestras opiniones en ambas lenguas es, ya de por sí, un hecho suficientemente diferenciador a lo ocurrido en aquellos terribles años de persecución y de pérdida de toda libertad.
Ayudar a la integración de aquellas personas que vienen de fuera no significa dejar de lado la utilización de nuestra lengua y costumbres y asumir las suyas como propias, o eximirles de la obligación de cumplir las normas y leyes por las que nos regimos. Sinceramente creo que ayudarles a integrarse en nuestra sociedad (y en concreto nuestro pueblo MASSALFASSAR) es poner nuestro mayor empeño en ayudarles a que las adopten lo antes posible y su adopción les produzca la menor molestia posible.
El que en este último párrafo quiera ver inmovilismo y xenofobia está muy equivocado, porque creo sinceramente en la mezcla de culturas para enriquecer y complementar la convivencia entre las personas.
No se trata de imponer, sino de proteger.
Ya que al igual que en un mismo local cerrado a los fumadores no se les permite ejercer su derecho a fumar (a no ser en lugares habilitados para ello), aludiendo el perjuicio que producen a la salud de la persona no fumadora, la cultura valenciana también necesita que se preserve su salud ante la convivencia diaria con una cultura, la española, que poco a poco la va erosionando y minando.
Y un ejemplo claro de lo que acabo de afirmar es que en la reunión del pasado 24 de septiembre un porcentaje muy alto de los que estábamos allí tenemos problemas para hablar, leer, e incluso las dos cosas en valenciano, y que si no nos esforzamos aunque sea leyendo una simple nota informativa, pronto se perderá su uso.
Por eso apelo a la tolerancia, respeto y sobre todo a generosidad de todas los socios del ampa para que preservemos la cultura más débil, con la que hemos crecido la mayoría de los que formamos esta asociación, para poder legarlas a nuestros hijos y que seguro nos lo agradecerán siempre.
Si t'ha agradat el meu apunt, pots subscriure't als meus fils de subscripció.





















